El jueves 3 de noviembre en Madrid tuvimos las primeras  #CañasPolíticas del curso: “Populismo: La lucha contra las élites en Estados Unidos y Europa”, con los ponentes David Blázquez, director de programas de Aspen Institute España y coautor del blog “Americracia” en El Mundo, y Aurora Nacarino-Brabo, colaboradora de The Objective y Letras Libres y coautora del libro “#Ciudadanos”.

Después de la presentación de nuestro compañero Javier Capapé, Aurora Nacarino-Brabo comenzó definiendo el populismo como una manera de hacer política que se reproduce cada cierto tiempo y que a grandes rasgos divide el mundo desde el punto de vista moral entre el pueblo (virtuoso, bueno, no se equivoca) y las élites (oligarquía explotadora y corrupta que se aprovecha del pueblo). Tras una crisis que ha aumentado las desigualdades y precarizado los salarios los populismos se ofrecen como alternativa a los causantes de la situación, y para ello intentan construir ese antagonismo entre pueblo y élites. Pero la descripción simplificada que hacen de la realidad no incluye soluciones: sus propuestas no responden a la complejidad de los problemas y muchas veces solo apelan al sentimiento. Por otra parte, el populista carece de pluralismo, ya que no considera que haya diferentes ópticas para solucionar un problema, sino que la solución a un problema pasa por la voluntad del pueblo. También destacó que el populismo ofrece al ciudadano saltarse la mediación de las ‘élites políticas’, pues considera que solo el pueblo es sabio. Añadió que por eso mismo, los partidos populistas dicen no ser partidos políticos, sino herramientas del pueblo, y para llegar mejor a él utilizan un lenguaje directo y simple, considerándose a sí mismos como los únicos que dicen las cosas como son. Además destacó que se limitan a hacer un diagnóstico de la situación, que puede estar bien hecho, como en el caso de Pablo Iglesias, y a desarrollar un discurso reactivo contra las élites en vez de a proponer soluciones; con el problema de que, cuando llegan al poder, ese discurso reactivo entra necesariamente en crisis, pues no tiene previsto qué va a hacer con ese poder.

Por su parte, David Blázquez inició su intervención haciendo una reflexión sobre la idea preconcebida y siempre negativa que podemos tener del populismo, e indicó que no en todas las épocas ha tenido estas connotaciones, pues en el siglo XIX, cuando lo popular era considerado como algo bueno. Continuó hablando sobre los diferentes tipos de populismo en la actualidad (de izquierda y de derecha), describiendo el de derechas como la vuelta a ciertas tradiciones propias y a estar en contra de lo de fuera, mientras que el populismo de izquierdas sería en este sentido diferente porque valora la diversidad. Pero también señaló similitudes entre ambos, como que los dos necesitan inevitablemente algo a lo que oponerse, necesitan la democracia para poder existir: sin ‘un otro’ al que echar la culpa de los problemas, el populismo no tiene discurso; sin ‘un otro’ frente al que definirse por oposición, el populismo no tiene una identidad. Hizo referencia en este punto a que ambos ponen una barrera entre ellos y sus contrarios, pero diferente, siendo la barrera típica utilizada por el populismo de derechas un muro contra los de fuera (como es el caso de Trump en EEUU), mientras que en el caso de la izquierda, son barricadas, implicando combate contra las élites (como es el caso de Pablo Iglesias fomentando protestas ante el congreso).

Se explicó también la clara relación que existe entre populismo y sociedad civil débil: en el caso de España, donde impera una cierta mentalidad estatalista, parece que la sociedad civil no encauza. Sin embargo, el individualismo liberal no da las respuestas que la sociedad necesita, y resulta absolutamente ineficaz ante situaciones de especial precariedad. Es la iniciativa social la única que puede dar soluciones.

Los ponentes David Blázquez y Aurora Nacarino Brabo con el moderador Javier Capapé en un momento de las cañas

 

Tras las intervenciones iniciales se abrió el turno del público, que planteó cuestiones como las diferencias y similitudes entre los populismos ‘de izquierdas’ y ‘de derechas’ (si bien las categorías de ‘izquierda’ y ‘derecha’ no sirven al hablar de populismos, muchas veces las tesis populistas ‘de izquierdas’ trazan una línea maniquea para presentar a su enemigo: lo que dice el populismo de derechas es políticamente incorrecto, xenófobo, sexista, reprobable; mientras los ‘de izquierdas’ serían socialmente más aceptables; cuando en realidad todos los populismos son excluyentes desde diversas ópticas); los motivos que han dado lugar a algunos movimientos populistas –problemas sociales que no siempre encuentran respuesta en los poderes públicos–; o si puede haber aspectos positivos en los movimientos populistas.

Ante la pregunta de por qué triunfan mensajes simplistas y el papel de los medios de comunicación, Aurora explicó que, entre otras cosas, existe una frustración de expectativas vitales sobre las que la gente requiere respuestas; y en cuanto al papel de los medios, cuando se dejan llevar por la búsqueda del sensacionalismo resultan igual de populistas, ocultando muchas veces lo positivo de la política real. David añadió que el mensaje simplista actual del populismo, no hace más que sustituir al anterior mensaje simplista de los noventa de “si tienes dinero, serás feliz”, y citó el comentario que habría hecho Leslie Moonves, presidente de la CBS: quizás Trump no sea bueno para EEUU, pero sí que lo ha sido para las audiencias de la CBS.

Ante la pregunta de si la solidez moral de que presumen los partidos populistas se puede mantener, se destacó cómo cuando los populismos llegan al poder siguen actuando como si ellos fueran la oposición. Un ejemplo claro, Venezuela: se buscará siempre un causante de los problemas externo al partido: en ese caso, Estados Unidos. Los populistas, hagan lo que hagan, se presentarán como moralmente autorizados porque ellos representan ‘al pueblo’ y llegarán a sostener que son ‘las élites’ (sean estas del propio Estado o externas…), que siguen actuando por debajo, las que originan los problemas sociales. Aunque, como se apuntó, los populismos tienden al adanismo: tienen poca memoria histórica y creen que todo empieza con ellos.

Sobre la corrupción como factor que fomenta el surgimiento de cualquier populismo e impide que los ciudadanos se sientan representados por quienes ejercen el poder, debe erradicarse de una manera clara, con las reformas institucionales que sean necesarias para hacer desaparecer cualquier incentivo y que exista la necesaria supervisión. Respecto a los principios; a cómo saber seleccionar políticos capaces de respetar unos principios morales mínimos, Aurora Nacarino explicó cómo no existe un modo de fiscalizar el alma de los políticos para escoger a ‘los buenos’. David Blázquez cita a Eliot: a los hombres sueñan con sistemas tan perfectos en que nadie necesite ser bueno. Pero a los políticos los genera la sociedad, por lo que habría también que ver qué sociedad estamos construyendo.

Respecto a las similitudes entre los populismos y los nacionalismos, existe siempre la exclusión, que en el caso del nacionalismo puede ser más geográfica, pero no solo, así como un proceso de construcción cambiando el lenguaje. Son difíciles de catalogar según una única ideología, y se consideran a sí mismos como un todo y lo único legítimo. Al mismo tiempo, ofrecen un ideal común a personas con aspiraciones diferentes, desde una transversalidad que supera la división izquierda derecha. En el caso de los nacionalismos, si en determinados momentos han dejado traslucir una clara tendencia xenófoba, actualmente no son considerados así, igual que no pueden ser etiquetados como de derechas o de izquierdas. Aunque en realidad sí trazan una división de carácter excluyente (y si al que se excluye está dentro de los límites geográficos, habrá que echarle) y siguen la lógica de achacar a un tercero los problemas e identificar un tercero ajeno que amenaza: son incapaces de definirse a sí mismos o defender su identidad sino a través de la contraposición. Con esta reflexión concluía David Blázquez: ¿qué le puede permitir a uno ser él mismo, sin percibir al otro, necesariamente, como un problema? –Quizá, pudieron pensar algunos de los asistentes, la reafirmación de la identidad simplemente desde la convicción tanto de su propia dignidad como de la del ‘otro’, que evitaría la visión excluyente de la que una y otra vez hemos hablado en Principios al referirnos a la Cultura del Descarte.

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