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Hoy se ha publicado Laudato Si’, la esperada carta encíclica del papa Francisco “sobre el cuidado de la casa común” que explícitamente se dirige a todas las personas de buena voluntad, sean o no católicos. Francisco es reconocido por creyentes y no creyentes como la máxima autoridad moral en el mundo, en particular por su autenticidad en la defensa de los más pobres, y a partir de ahora también del medio ambiente y la naturaleza. No vamos a hacer aquí un resumen, ni tampoco podemos dedicar espacio a contextualizar sus aportaciones en la tradición de las enseñanzas de la Iglesia o en los debates político-económicos sobre la conservación del medio ambiente, el cambio climático, etc. En este post queremos destacar algunos puntos del texto que conectan perfectamente con nuestra preocupación por la justicia política y social, y que pueden aportar sugerencias para la reconstitución y para la superación de la cultura del descarte. Más allá de las ideas de este post, desde Principios os animamos a leer con atención el texto, que es largo y profundo, y que puede suponer un antes y un después en la actitud de muchos hacia el cuidado de la naturaleza, al descubrir la vinculación que tiene con el cultivo de las relaciones humanas y de la propia persona.

 

Lo verde no es (solo) de rojos

Que el ecologismo sea patrimonio de la izquierda política es una muestra más de la hemiplejía moral en la que se encuentra nuestra sociedad, donde los principios básicos que contribuyen al bien común se reparten entre ideologías parciales, aliadas con grupos de intereses contrapuestos. El que quiera encuadrar el texto del papa en una categoría de ese estilo va a tener un quebradero de cabeza. Porque las palabras de Francisco rompen esos moldes y apelan a unos y otros a cambiar su visión del desarrollo humano integral, y a aceptar las implicaciones de esta noción de progreso en la propia vida y en el diseño de las instituciones.

Especialmente en Estados Unidos se ha levantado una gran suspicacia frente a la encíclica entre los defensores del libre mercado (conservadores y libertarios), por sus afirmaciones sobre el cambio climático como fenómeno causado por la actividad humana. Pero este es un debate bastante artificial. La encíclica rascará sobre todo a quienes afirman que la propiedad privada es un derecho absoluto, porque recuerda que la tierra y en particular los recursos básicos son un patrimonio común del que somos meros administradores. También inquietará a los que defienden que la actividad empresarial debe estar orientada a la maximización del beneficio financiero y que no corresponde a las empresas preocuparse por el impacto social y ambiental de sus operaciones e inversiones, porque con crear beneficio ya cumplen con la sociedad…

Pero por otro lado, también muchos grupos ecologistas y quienes hacen de lo verde una bandera, encontrarán en las páginas de la encíclica muchas advertencias contra la instrumentalización de estas causas. Y sobre todo se las tendrán que ver con la afirmación de que la causa de la crisis ambiental está en una antropología que considera al ser humano como un sujeto completamente autónomo, desarraigado y sin límites, dueño de su cuerpo y con derecho a la satisfacción de todos sus impulsos. También los que afirman un internacionalismo ingenuo verán en el papa un defensor de las culturas locales y del papel de los gobiernos en los niveles más cercanos a los problemas, que rechaza las formas de planificación abstractas.

“Menos es más” y “lo pequeño es hermoso”

Francisco denuncia que detrás del desastre ecológico –frente al que advierte muy seriamente como un grave riesgo para la humanidad, empezando por los más desfavorecidos- está un estilo de vida, de consumo y su correspondiente modelo de producción mundial. Frente a este estado de cosas, propone a cambio una apuesta por la sobriedad, la humildad, el arraigo en lo local, el disfrute de las pequeñas cosas de la vida, de la belleza del mundo y del arte, y sobre todo de las relaciones humanas genuinas.

Las páginas del documento a ratos describen minuciosamente los problemas ambientales, pero a veces alcanzan una gran belleza poética casi mística, aunque sin perder el sabor de lo muy realista y experimentado. El papa propone toda una nueva espiritualidad, un nuevo modo de relacionarse con el mundo y nuestros semejantes, sin el cual cualquier cambio estructural sería fallido. Y baja a detalles: desde no poner alto el aire acondicionado a bendecir la mesa para agradecer el don del alimento, sonreír o dar las gracias, pasear por el campo y apagar el móvil. Un modelo de vida que es todo menos fácil de seguir, pero que –asegura- es fuente de paz interior y de armonía social, y abre los ojos a las necesidades de los más desfavorecidos.

En un momento cita explícitamente el principio minimalista de “menos es más” como orientación, y en consecuencia pide incluso que se asuma la necesidad de limitar el crecimiento de determinados mercados, para permitir el desarrollo armónico de otros. Al hablar de la agricultura y la cultura del emprendimiento empresarial, el papa parece repetir aquello de Schumacher: “lo pequeño es hermoso”, y defiende un modelo de economía que tiene evidentes elementos comunitaristas y –en terminología de Chesterton- distributistas, especialmente en el ámbito de la producción agraria.

Usar y tirar: la cultura del descarte y la ecología humana

La causa última de la cultura del descarte, explica Francisco citando profusamente a Romano Guardini (“El fin de la era moderna”) está en una concepción tecnocrática de la acción humana y de su relación con la naturaleza, con los demás seres humanos y consigo mismo. El paradigma tecnocrático concibe la relación del sujeto humano con el entorno como un poder despótico, que instrumentaliza a las personas y a las cosas, sin respetar sus condicionamientos internos y sus relaciones. La mentalidad tecnocrática impone en la política y en la economía la primacía del corto plazo, que ciega a la realidad más profunda y a la postre obliga a una permanente intervención para corregir los efectos destructores de la actividad humana.

De aquí surge un estilo de vida que se caracteriza por la actitud de “usar y tirar”, en un consumo compulsivo que genera desechos, agota recursos naturales y altera los ecosistemas. Pero además, esta cultura del usar y tirar se contagia al ámbito de las relaciones personales: vemos a los demás como meros instrumentos, y valoramos a las personas no por su dignidad o su aportación única, sino por su productividad y rendimiento al servicio de nuestros propios y estrechos objetivos. Frente a esto, Francisco recuerda que el gran recurso económico es el capital humano, y que debemos invertir en las personas, porque valen por sí mismas y porque con su creatividad al final resultan más productivas.

No faltan en las páginas de la encíclica referencias a la consideración del cuerpo humano –propio y ajeno- como un recurso para la explotación, o a la defensa de la vida humana desde la concepción, que considera una exigencia de una verdadera cultura de la ecología integral, que se compone también de una ecología humana. Y por supuesto la consideración de la familia como el elemento fundamental del ecosistema social, que el poder político debe proteger. Como es evidente, el papa pone así en conexión temas “morales” propios de la agenda “conservadora” y la preocupación por el medio ambiente (patrimonio de la izquierda) como don recibido y bien común, entramado de relaciones entre personas y generaciones. Y desde luego rechaza toda divinización de la naturaleza, o la equiparación del hombre con el resto de criaturas.

La undécima propuesta de Principios

Una parte importante del texto está dedicada a la política y a la actividad en la sociedad civil al servicio del bien común. Francisco sabe las dificultades de cambiar un sistema que está constituido por un entramado de intereses poderosos, capaces de imponerse a los gobiernos nacionales en muchas ocasiones. Por eso apela a la conciencia y la movilización ciudadana. Si los ciudadanos y los consumidores cambiáramos de prioridades, los mercados y los políticos responderían inmediatamente.

En Principios tenemos precisamente esa misión desde la sociedad civil: garantizar que determinados temas están presentes en los debates públicos de modo que sean capaces de configurar las políticas, aunque no respondan a las agendas de los partidos, que se configuran con los límites de la dialéctica política. En esa línea están nuestras diez propuestas y los desarrollos y debates que vamos suscitando en torno a ellas.

Después de leer Laudato Si’ parece necesario incorporar una undécima propuesta al elenco de temas centrales de los que queremos hablar y hacer hablar desde Principios. Podría ser algo así:

“Promover una nueva cultura del respeto al medio ambiente y a la ecología humana, que centre el debate público en las consecuencias a largo plazo de las decisiones políticas y económicas, y que fomente la aplicación de soluciones no meramente tecnocráticas basadas en el diálogo”

 

 

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